Miguel Ángel Blanco
13 de mayo de 1968 – 13 de julio de 1997
Consuelo Garrido y Miguel Blanco eran gallegos y habían emigrado a Ermua en busca de un futuro más próspero. Allí se conocieron, se casaron y tuvieron a sus dos hijos: Marimar y Miguel Ángel. Consuelo era ama de casa y Miguel, albañil. Lo seguía siendo aquel 10 de julio, cuando al regresar a su casa con la ropa de faena se topó con un barullo de periodistas. “¿Qué ha pasado?”, les preguntó. Allí supo que ETA había secuestrado a su hijo. Miguel Ángel, de 29 años, había estudiado Económicas, tocaba la batería en el grupo Póker y era fan de Héroes del silencio. Tenía novia y planeaban casarse. Se había afiliado al Partido Popular en 1995, el año en el que ETA había iniciado una nueva estrategia que se basaba en perseguir a sus enemigos ideológicos. La llamaron “socialización del sufrimiento”.
ETA dio al Gobierno un ultimátum de 48 horas: si no trasladaba a los presos de la organización terrorista a cárceles del País Vasco y de Navarra, Miguel Ángel sería asesinado. Las Fuerzas de Seguridad se desplegaron por caminos y senderos buscando alguna pista. Los vecinos de Ermua comenzaron a salir a la calle. Varios centenares se concentraron bajo el modesto edificio en el que vivían los Blanco-Garrido. Después, se trasladaron a la plaza del Ayuntamiento con carteles en los que se leía, en castellano y en euskera y junto a la foto del concejal, “Miguel te esperamos”. Se inició entonces una movilización sin precedentes. El lazo azul inundó solapas y pancartas.
Durante los dos días que duró el ultimátum, más de seis millones de personas salieron a la calle en toda España con la convicción de que la presión social podía salvar la vida del concejal. “Un ser humano no puede tener un futuro de 48 horas”, rogó Marimar Blanco. Durante la noche, cientos de personas se concentraron a modo de vigilia en Ermua, con velas y en un silencio que solo se rompió de madrugada con aplausos y gritos de “¡Libertad!”. A mediodía del 12 de julio, en Bilbao, medio millón de personas protagonizaron la manifestación más multitudinaria en la historia del País Vasco. Los gritos, esta vez, se dirigieron también al brazo político de ETA: “HB, lo tienes que pagar”. Una rebelión cívica sin precedentes había comenzado.
El 12 de julio, cincuenta minutos después de que se cumpliera el ultimátum, dos personas avisaron de que habían encontrado un cuerpo en una pista forestal del barrio de Azobaka, en Lasarte. Era Miguel Ángel. Estaba bocabajo, tenía las manos atadas con un cable y dos disparos en la cabeza. Conservaba un hilo de vida que se quebró pocas horas después. Falleció el 13 de julio en un hospital de San Sebastián.
La indignación que concitó el crimen empujó a millones de personas a salir de nuevo a la calle en toda España. En el País Vasco y en Navarra, si hasta entonces las concentraciones solían celebrarse ante los ayuntamientos, se mudaron a las sedes de Herri Batasuna y a algunas herriko tabernas. “ETA, apunta, aquí tienes mi nuca”, gritaron los vecinos de Ermua arrodillados ante la sede de la formación abertzale. “No tenemos balas, solo miradas” o “Queremos ver el miedo en sus caras”, se escuchaba. En San Sebastián, los ertzainas que protegían la sede de HB de la calle Urbieta se quitaron sus capuchas ante los manifestantes, que respondieron abrazándolos. El grito “Vascos sí, ETA no” nació en aquellas protestas. Al día siguiente, Ermua acogió un funeral casi de Estado que presidió el entonces príncipe Felipe y al que asistieron todos los presidentes del Gobierno de la democracia. El periodista José María Calleja definiría lo ocurrido como “el levantamiento democrático de los vascos”. Había nacido el “espíritu de Ermua”.